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Maestros del CMA

Nuestros maestros (parte vital en la historia del CMA). Algunos ya no están con nosotros, otros continúan y otros más se han sumado al proyecto. Aquellos que se han ido dejan una huella profunda. Gracias.

De un texto del Dr. Manuel Lavaniegos

INVENTARIO – FOTOGRAFIAS DE PERICLES LAVAT –

Por Manuel Lavaniegos

A un monje le contaron que en cierta región vivía un hombre que poseía el secreto de la inmortalidad, y decidió ir a buscarlo para convertirse en su discípulo. Cuando el monje llegó a esa región le embargó una tristeza inconsolable porque, dijo, ya no podría aprender el secreto de la inmortalidad, pues le informaron que hacía unos días el maestro había muerto. [Tradición Taoísta]

Mil y un relatos semejantes al anterior proliferan sobre todo en Oriente en torno a la muy peculiar y curiosa relación que han entablado, a lo largo de los siglos, el maestro y el discípulo. Otra de entre estas abundantes leyendas cuenta la célebre Última lección de Buddha, el cual a punto de partir al paraíso de la bienaventuranza, apremiado por las insistentes interrogantes de su discípulo Ananda, guardó absoluto silencio y sólo le entregó una flor. Mucho se ha discutido y se seguirá argumentando acerca del misterioso significado encerrado en este último gesto del iluminado.

Tal vez sea, en efecto, dentro de las tradiciones orientales y en el antiguo Occidente [remember: Sócrates/Platón, la Academia, los Peripatéticos, etc.] donde se aprecie con mayor fervor dicha relación, la más memorable que puede haber; al mismo tiempo tan sólida como frágil, rigurosa e irónica, más vital que formal.

Pues el encuentro entre discípulo y maestro es condición de posibilidad para el conocimiento y el mismo conocimiento no es sino sólo un peldaño en la difícil senda de la sabiduría. A ésta, sin embargo, sólo se accede solitariamente tras una larga experiencia….

¡He ahí! la paradoja del binomio “cara a cara”: aprender/enseñar. Puesto que la sabiduría, siendo condición de madurez espiritual es a la vez el fruto de ésta, y el fruto se quiere tan fresco e inocente como un loto recién brotando al amanecer.

Si esta aleación de tensiones se pone en juego incluso en los terrenos exactos de la “ciencias duras”, imagínese lo que ocurre cuando de lo que se trata es de la transmisión del saber en los campos harto resbaladizos y polémicos de las artes, que más se parecen a procesos alquímicos, de precisas gramáticas y abismático horizonte.

Creo que esta galería o sobrio desfiladero de rostros, de miradas y de gestos que aquí nos presenta el fotógrafo Pericles Lavat, se denota en todos y cada uno de ellos una compleja actitud – especial disposición que irrumpe a través de una “puerta de la percepción” (Aldous Huxley) – de algún modo coloreada, no sin otoñal esfuerzo, por aquellas tensiones implicadas en una Paideia, por modesta que sea, con su necesario empaque utópico, puesta en acto.

Pericles Lavat, por la vía del lazo amistoso y su arte de la cámara, logra que una vez más “den la cara” estos maestros o profesores, como quiera llamárseles, en materias de arte. Humaniza comprensivamente el aplomo que conlleva el pararse ante la cátedra que, a menudo, cobra el carácter de una palestra. Por si fuera poco, la serie de los aquí retratados son hacedores, artífices que se desnudan en su propia obra, pienso que prolongando este “reto de sinceridad” (Jerzy Grotowski) fueron mirados por el fotógrafo.

Por lo demás, hoy por hoy, los sujetos en cuestión son consignados en el inventario con sus magros salarios y contratos efímeros juntos con los bienes muebles y los otros empleados ocupando por horas el edificio de la institución; en una época en que la vocación magisterial aparece como una aspiración nada competitiva, poco agresiva y emprendedora, por no decir, profesión despreciable – o francamente indeseable cuando se atreve a reclamar sus derechos – en los términos del exitoso neo-capitalismo mercantil-político y mediático, cuyas estrellas son los gangsters y los ventrílocuos/maniquíes pre-formateados que, con el mero hecho de aparecer en pantalla, son recubiertos con el halo de “artistas” de la era global.

Por suerte, en estas fotos de rostros en blanco y negro, el inventario es otro. La mirada restituye algo del “impulso e inquietud” (Sturm und Drang) de un don compartido y, con ello, Pericles Lavat vuelve a emplazar lo que se encuentra habitualmente, para la visión dominante y el ojo que no quiere ver, desplazado. Ya lo había hecho con los enfermos de sida, con las sombras, con los presos y las imágenes difuminadas.

Ahora, aquí, lo realiza con estos estoicos “subalternos” que, irónicamente, intentan abrir la visión por sendas de radical reflexión, goce y libertad.

Cuernavaca, Noviembre del 2006.